6 años

Han pasado 6 años desde que perdí a mi papá.

El tiempo funciona de una manera extraña. Cuando quieres que vaya rápido, pasa lento y cuando quieres que vaya lento, pasa rápido. El tiempo es subjetivo. Sea como sea, llegamos a 6 años desde que murió mi papá: la pérdida más difícil de mi vida.

Recuerdo como si fuera ayer la llamada en la madrugada, cuando una enfermera solicitaba que nos presentáramos en el hospital pues mi papá había empeorado. Recuerdo haberme vestido lenta y descoordinadamente (por mis casi 8 meses de embarazo) para ir al hospital, desesperada por vestirme más rápido para llegar más pronto, como si mi presencia lo fuera a curar. En el camino, me enteré que mi papá ya había fallecido. Y me enteré sin querer. El médico le dijo a mi esposo por teléfono sin saber que la llamada estaba en altavoz.

Recuerdo que, la noche anterior a su muerte, había llegado mi hermano de Londres, a despedirse. Esa noche, yo le decía a mi papá (sedado) “no te preocupes, yo me encargo”, como si tuviera idea de lo que estaba diciendo, como si fuera capaz de encargarme de todo lo que él hacía, como si me estuviera escuchando a pesar de estar sedado. Y me culpé durante años por “haberlo dejado ir”, como si él hubiera aceptado mi permiso y compromiso.

Qué pasa después de esto? Mi lado racional les contaría el proceso burocrático y exhaustivo que debe llevarse a cabo a partir de su muerte; desde reconocer el cuerpo en el sótano del hospital, hasta hacer el trámite con el registro civil, cancelar su celular, ir con un notario para comenzar el proceso de la sucesión testamentaria, pagar y cerrar cuentas, revisar su ropa y donarla, etc. etc. etc.

Pero eso no es lo que pasa. Eso es lo que tienes que hacer.

Lo que pasó fue que traté de ser fuerte y aguantarme. “Voy a ser mamá, tengo que poder superarlo antes de parir para que no perciba mi tristeza y para que yo pueda ser una buena mamá”. Con frecuencia, el nivel de exigencia que tenemos con nosotras mismas es inalcanzable. Necesitaba una probada de la realidad para entender que lo que estaba viviendo se convertiría en un parteaguas en mi vida.

Dicen que el duelo se da en oleadas, y lo comprobé. Tenía momentos muy buenos, pero de pronto me revolcaba una ola… y lloraba y me enojaba y no entendía. Tenía a mi bebé recién nacida y estaba llena de amor y al mismo tiempo me llenaba de tristeza pues mi papá no alcanzó a conocerla. Me enojaba conmigo misma por haberlo dejado ir, por no estar feliz en los primeros meses de mi bebé, por no haber hecho algo diferente, lo que fuera, para que mi papá siguiera conmigo.

Cuándo terminan las oleadas? Creo que nunca. Las olas llegan con menor intensidad y menor frecuencia, pero me siguen revolcando y me sigue costando trabajo salir a tomar aire después de cada una.

Mi papá era inteligente, admirable, generoso y con el humor más negro de la historia. Sabía hacerse presente incluso cuando no estaba físicamente y esa cualidad continúa después de su muerte: está en cada uno de mis hijos y lo mucho que se parecen a él. Está en cada ida al súper, cada ida a Acapulco, cada viaje, cada vez que dudo de mí misma y cada lección que quiero enseñarle a mis hijos.

Está en todo, pero no está aquí.

Me entristece que se haya perdido esta parte tan importante de mi vida: soy mamá y lo hago bien: a mi manera y con mis errores, muy a mi estilo. Él se burlaría porque me tomo la vida demasiado en serio, hubiera opinado de más como buen abuelo.  Nunca pensé que esta etapa de mi vida sería sin él.

Pasaron 6 años de extrañarlo y el tiempo continuará pasando, sin él. Estoy segura de que, donde esté, está feliz porque sus hijos son felices, porque sus lecciones nos convirtieron en personas buenas con familias increíbles. Hace 6 años dimos vuelta a la página, pero su libro se sigue escribiendo, con todas las historias y memorias que nos dejó. Memorias nuestras, para siempre.

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