La pinche culpa

“Hay que llevarlo al pediatra” dijo mi esposo cuando volvió a casa después de haberse ido a pasear, mientras yo cuidaba al escuincle y veíamos Cars 3 por enésima vez en lo que va del año. Nunca les pongo la tele, al menos que ellos o yo estemos enfermos. Y de una forma u otra, FML ya me sé Cars 1 y 3 al derecho y al revés (la 2 no porque es un insulto a Walt Disney, Pixar y Owen Wilson).

Total que llegó el señor sugiriendo llevar al sándwich al pediatra, a pesar de yo estar sentada junto a él limpiándole el moco escurrido desde unas horas antes. Me encantaría tener la madurez/inmadurez (o valemadrismo) para decirle “lo que tú digas, cariño…” pero NO HAY MANERA que yo tenga ese nivel de madurez. Por lo tanto mi respuesta se parece más a esta:

“No me ves aquí sentada cuidando a la criatura, a quien le insistí chorrocientas veces que se pusiera el suéter y los zapatos hace unos días en la fiesta de Spiderman?!?! No me ves? Tú crees que estaría aquí sentada viendo Cars 3 si el niño necesitara ir al pediatra?”

Y de pronto pongo pausa a la película, y escucho un sonido de terror, y volteo y veo una imagen de pánico: el mocoso que 5 minutos antes tuvo la energía para contarme todas las cualidades técnicas de Jackson Storm y porqué a Rayo McQueen le estaba dando la crisis de los 40; ahora ese mocoso está pálido y con los labios morados, respirando por la boca y con un movimiento de torso que demuestra que le está costando respirar. Es un movimiento que reconozco, porque hace un año se lo vi a mi bebé recién nacida y fue la causa de la crisis que me hizo envejecer 10 años en menos de un mes.

Me tragué mis palabras. Fue un trago amargo. Como el licuado sabor a toronja que me estoy tomando en este momento.

PUTA MADRE. Cómo no me di cuenta? Estaba sentada con él, tapada con la misma cobija y casi casi compartiendo el kleenex porque yo también traigo el moco escurrido. Cómo no me di cuenta?!

Para no hacerles el cuento largo, el diagnóstico fue neumonía. Pero ese no es el centro de la historia. El centro de la historia es la pinche culpa. Esa culpa que me mantiene con pesadillas desde ese momento, a pesar de estar segura que, en efecto, 5 minutos antes respiraba normal. Esa culpa que no me dejó ir a un viaje de trabajo que se me antojaba, porque no fui capaz de encargar al niño y hacer mi chamba. Esa culpa que me tiene aquí, cuestionando si de repente soy demasiado “relajada” o “poco fijada” en ciertas cosas, a pesar de ser tan estricta en otras.

Creo que lo que más me está haciendo sentir caca es haberle dicho en la fiesta “sino te pones los calcetines y zapatos, te vas a enfermar” en lugar de decirle “sino te los pones, nos vamos” y cumplirlo. Saber que no lo hice porque ya me sentía culpable por haber sido demasiado estricta en otro tema.

Qué dificil es vivir con culpa no? Cada decisión, por pequeña que sea, tiene un impacto. Al tener bajo nuestra responsabilidad a otros humanitos, resulta complicado calcular perfectamente el impacto de cada decisión que tomamos. Me es muy fácil sugerirle a otra mamá que no sea tan dura con ella misma, porque entiendo que no es fácil.

Pero no vaya a ser yo, porque entonces sale el estándar de calidad más estricto y no hay manera de alcanzar mis expectativas. Cómo puedo hacerle, entonces, para vivir sin culpa?

Si fuera alguien más, mi sugerencia sería tener un objetivo a largo plazo. Daría el ejemplo de mi objetivo: cuando mis hijos sean adultos, quiero que sean responsables de sus propios actos, con inteligencia emocional, que cuiden de su seguridad y su salud mental y física. Enlistaría los valores que para mí es importante que tengan cuando sean grandes. Diría: para que los niños adquieran esas cualidades, es importante predicar con el ejemplo. Por lo tanto, sino son virtudes que como mamá aún no tienes, es momento de hacer un cambio de hábitos para adquirirlas y enseñarle a los niños el modelo a seguir, desde ya.

Y eso hago, todos los días. Pero la culpa sigue. Siento que no es suficiente, a pesar de saber que sí lo es. Sentir y saber son cosas TAN distintas.

Y aquí es donde entra mi salud mental, y los obstáculos con los que aún me enfrento a pesar de haber recorrido un camino tan largo para mejorar. Sentir que no soy suficiente es una carga con la que he vivido toda la vida, y recientemente aprendí a identificarlo, pero aún no se enfrentarlo, corregirlo y seguir adelante. Por lo tanto, la culpa se presenta cada vez que dudo de mí misma.

Lo que sí sé, a ciencia cierta, es que educar desde la culpa no tiene resultados favorables. Es importante ver más allá de la culpa y ver por el bien de los hijos. Tener el objetivo claro, saber que hay reglas que no se pueden romper, pues son para cuidar su salud y seguridad.

Y al final, darme cuenta que la neumonía se quita, que su vida nunca corrió peligro, y que todo esto sucedió para darme cuenta que, en efecto, tengo que trabajar en la culpa que siento y poco a poco tener mayor seguridad en mí misma. Si algo ha sucedido en estos días, es que mi hijo se siente acompañado y consentido por su mamá cuando se siente mal. Y eso, chingada madre, es el porqué de todo esto.

PUNTO FINAL.

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